jueves, 1 de abril de 2010

CORRECTORA

Toda mi vida, o al menos lo que recuerdo de ella, he tenido una relación especial con la ortografía y con el origen de las palabras. Cuando de muy niña escribía jugetes por juguetes, Santa Claus se encargaba de corregirme y dejaba una nota―ESTOS JUGUETES SON PARA ANNABEL.
Mi primer contacto con el diccionario fue similar al de mis compañeros: buscaba el significado de las “malas palabras” y me maravillaba cuando veía de dónde provenían. De ahí en adelante fue cuestión de encontrar sinónimos aceptables―decir que alguien era el descendiente de una meretriz sonaba mejor y más elegante, aunque la idea fuera la misma.
Eran otros tiempos, es verdad, pero los niños siempre buscan en qué entretenerse. Jugábamos en la calle, oíamos la radio y, sobre todo, leíamos mucho. En mi casa había revistas y periódicos de todas partes del mundo y yo trataba de leer y de entender todo lo que estaba a mi alcance. Recuerdo las revistas Billiken, Humpty Dumpty, Children’s Digest, Polly Pigtails que eran para niños. Me encantaban los cuentos de Monteiro Lobato, los de la Condesa de Segur (que ya para esa época eran viejos) y mi libro preferido era Lo que sabía mi loro, gracias al que aprendí un montón de trabalenguas que todavía puedo decir sin enredarme.
Aun cuando ¡por fin! mi padre decidió comprar un televisor, la lectura ocupaba la mayor parte de mi tiempo. Pasé a todas las novelas rosas de Carlos de Santander y Corín Tellado y me encantaba cuando la novela se desarrollaba en Estados Unidos y Corín escribía que “el tuteo surgió espontáneo”, como si en inglés hubiese dos formas de you. Los misterios de Agatha Christie, con Poirot y Miss Marple, los casos de Perry Mason de Erle Stanley Gardner, you name it...ni los comics de Archie se salvaban.
A todas éstas, como no había computadoras, ni spell check, ni nada por el estilo, cuando llegaban de la imprenta las pruebas de los libros de mi padre, yo me entretenía buscando los errores y hasta los “horrores” que en ellas aparecían. Esta afición por las palabras sirvió para que me inscribiera en los concursos de ortografía que se celebraban en el Colegio Columbus todos los años. Recuerdo que había ganado el primer premio durante tres años corridos y el cuarto año sólo obtuve el segundo lugar porque “una palabra estaba mal escrita”. Cuando pregunté cuál era, la profesora me dijo que yo había escrito “vendaval” cuando lo correcto era “vendabal”. Corrí a buscar a mi amigo de la Real Academia y el resultado fue un diploma de Primer Premio que todavía conservo.
Ya en la universidad, ayudaba a mis compañeros a redactar y corregir monografías y tesis. Los profesores se quejaban, con razón, de que a los estudiantes se les hacía muy difícil expresar sus pensamientos de manera coherente, una manera muy delicada de decir que la mayoría no sabía escribir. Así las cosas, poco a poco me ofrecieron contratos para traducir documentos, para editar publicaciones y, sobre todo, para ser correctora de pruebas o proofreader, algo que he venido haciendo, ya oficialmente, desde hace más de veinte años.
Esta experiencia me ha enseñado algunas lecciones sencillas que quisiera compartir con ustedes:
· A las personas, por lo general, lo les gusta que se les señalen sus errores, sobre todo si se consideran “expertas “. Recuerdo una profesora universitaria que me porfiaba que era conexión en algunos casos, pero que en otros lo correcto era conección.
· Hay muchas maneras de expresar una misma idea. Después que no tenga disparates, no hay por qué cambiar lo que otro dice, aunque creamos que podemos decirlo mejor.
· Todos nos equivocamos alguna vez (y muchas veces también). Nadie es infalible y conviene ser humildes al aceptar este hecho innegable.
· Tenemos que estar dispuestos a aprender. El que toda la vida hayamos dicho o escrito algo de una manera particular no significa que sea correcto. No hace mucho mi hija Addy me señaló que no se dice la tiroides, sino el tiroides. Como es natural, tuve que recurrir a la RAE para convencerme y, efectivamente, aunque es una glándula, aparece como m (masculino).
· Siempre hay alguien que sabe más que uno. Y a veces es quien uno menos se imagina.
LA PSICORRECETA DE HOY:
No hay sustituto para la lectura. El que no lee, no puede escribir. Quizás pueda “textear” y puede que de aquí a unos años, por el camino que vamos, la escritura como hoy la conocemos sea algo obsoleto y se reduzca a meras abreviaturas. Por lo pronto:
  • Vaya con sus hijos a una librería a ver si hay algún libro apropiado para su edad que pueda interesarle y léanlo juntos.
  • Lea los libros que les asignan a sus hijos en la escuela y coméntelos con ellos.
  • Trate de sacar tiempo para leer algo que le interese delante de sus hijos. Un buen ejemplo es el mejor estímulo.
  • Consiga un diccionario y busque todas las “malas palabras” que se le ocurran (a usted, no necesariamente a sus hijos). Es  bernie_texting_on_cel_a_lwdivertido y se aprende un montón. LOL

Technorati Tags: ,,

No hay comentarios: