viernes, 12 de marzo de 2010

MENTIRA

Como a la mayoría de la gente, no me gusta que me digan mentiras ―y digo a la mayoría porque a Olga Guillot y a otras las hacía felices (¿Se acuerdan de “Miénteme”? ). Pero tengo que reconocer que me fascinan los mentirosos. No por su carácter, que conste, sino por su capacidad de mirar a los ojos y jurar por su madre y su abuela sin que les quede nada por dentro. Y a veces con un Biblia bajo el brazo.
Dicen los que han estudiado este asunto que las mentiras son tan viejas como la humanidad y hasta las han clasificado, principalmente a base de la intención del que miente. Independientemente de la motivación individual del embustero, todas las mentiras responden a un propósito fundamental: evitar las consecuencias. El nene que le dice a la madre “yo no fui” cuando es evidente que sí fue él está evitando el regaño o el castigo. El marido infiel que niega su “aventura” sabe lo que le espera para el resto de su vida si acepta su culpa. El político que niega sus transacciones y componendas nebulosas lo hace pensando en los resultados de las elecciones si se descubre que, en efecto, es un pillo.
Hay algunos, los mitómanos, que son mentirosos compulsivos. Mienten por mentir. Es como si se les hubiese olvidado que hay algo llamado verdad que a la larga va a salir a flote. Son tan embusteros que llegan a creerse sus propios embustes. La mentira pasa a formar parte de su carácter. Lo malo es que para ser un mitómano exitoso hay que tener buena memoria para recordar los “mochos” previos y generalmente ese no es el caso.
No me molestan mucho las mentiras ocasionales. Si he invitado a alguien a casa y me deja plantada con la excusa de que le dolía la cabeza o la muy puertorriqueña “me llegó visita” no hago mucho caso (ellos se lo pierden). Si me dicen que estoy más flaca (aunque sé que no he rebajado una onza) doy las gracias y meto la barriga. No me siento ofendida, al contrario, vuelvo a proponerme bajar de peso.
Pero que no me falten al respeto con mentiras que ofenden mi capacidad de razonar. La deshonestidad intelectual de algunos que aceptan unos hechos y aun así los obvian y siguen adelante con sus propósitos me da asco. Es como reconocer que un producto es malo, que tiene consecuencias nocivas para la salud, pero recomendarlo porque se tienen acciones en la compañía que lo fabrica.
Judith Sheindlin, la célebre Judge Judy de la televisión es la autora de un libro cuyo título es algo así como “No me orines la pierna y digas que está lloviendo”. No es muy elegante, pero sí muy gráfico. Los mentirosos pueden continuar mintiendo, ése es su derecho; pero eso no obliga a los demás a creer sus mentiras.
Y como de mentiras se trata, hay una que creo que abunda en el Puerto Rico de hoy: la prevaricación, que según la Real Academia es un delito consistente en dictar a sabiendas una resolución injusta una autoridad, un juez o un funcionario. Creo que a estos prevaricadoras les encantaría que el pueblo fuera incapaz de reconocer sus injusticias o que, de aceptar que son unos embusteros, todos cantaran como la Guillot: “Miénteme más, que me hace tu maldad feliz”.

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