miércoles, 10 de marzo de 2010

HISTORIA

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Nunca me gustó mucho la Historia como asignatura. Recuerdo la Historia Antigua y Medieval y luego la Historia Moderna y Contemporánea con sus nombres, fechas y eventos que había que memorizar. Quizás no me eran “pertinentes”, como dicen ahora para justificar las fallas de un sistema educativo en el que la mitad de los estudiantes se dan de baja para dedicarse a actividades más lucrativas.

Pero no podía escaparme de la verdadera Historia, porque en mi casa la Historia se vivía a diario. En mi casa siempre había un libro de Historia (o de Geografía) en proceso. O se estaba investigando y recopilando información, o se estaban revisando las galeras de la imprenta, o se estaba en espera de la publicación final.

Todo eso era tema de conversación. Recuerdo ver a mi padre disfrutar enormemente cuando en algún archivo recóndito y olvidado encontraba anécdotas y datos que “humanizaban” los sucesos que otros historiadores sólo narraban―quizás con el propósito de desesperar a los estudiantes como yo. Esos comentarios al margen que aparecen en su obra Cuba: economía y sociedad ofrecen una perspectiva más amplia, más humana y sí, más pertinente, para entender a los protagonistas de la Historia y por qué hicieron lo que hicieron en un momento dado.

Y gracias a mi padre empezó a gustarme la Historia, no ya como asignatura obligada, sino como la única manera de conocer lo que somos, lo que hacemos y, sobre todo, cómo nuestras acciones afectan el futuro. Después de todo, algún día seremos parte de la Historia.

Cuando leo y oigo las noticias de lo que está sucediendo en Puerto Rico, cuando escucho las reacciones de los políticos que niegan su propia historia, a sabiendas de que ya ha quedado grabada para la posteridad, me pregunto qué escribirán los historiadores del futuro sobre estos sujetos tenebrosos.

Hoy se cumplen 15 años de la muerte de mi padre, Leví Marrero, considerado uno de los grandes historiadores cubanos. Me parece que si estuviera entre nosotros, y al ver las actuaciones de aquéllos que hoy se consideran intocables e invencibles, ajenos a las consecuencias históricas de sus actos, mi padre sólo diría “¡Qué cretinos!”.

1 comentario:

Addy dijo...

Ave María, es como si lo escuchara ahora mismo. Me lo imagino oyendo radio a.m. y diciendo: "Hija, son todos unos cretinos!" Es increíble lo que también se pasa a través de los genes. A mí nada me tocó de esa vena de geografía y mucho menos de historia. Que va hasta una vez puse en un examen que el Monte Everest queda en España. Qué horror. Por lo menos parece que sí soy portadora del gen pues mi pequeñín Sebastián sí que vive fascinado con la geografía y la historia. Hasta ha creado su propia carpeta con mapas dibujados por él. Me recuerda cuando Abuelo y tú trabajaron en el Atlas. :)